• In stiller Nacht

    In stiller Nacht

    En la noche serena,
    cuando el último fulgor del día
    se fundía irremediable
    en el azul...
    contra el horizonte inmenso
    y el bosque ensimismado
    dejaba escapar mis ojos y mis labios...
    al llegar.

    Por el humo de un cigarro
    con la brisa escalaban
    las tapias de tu casa...
    y tu secreto lamento casi ahogado
    acudía por el aire
    insistente y dolido como un perro
    a buscar
    mi corazón.

    Aquel dolor bebía
    por no poder beber
    de tu frente,
    mis lágrimas besaba
    por no poder las tuyas
    enjugar con mi carne,
    abrazaba impotente
    aquel río de amargura penetrante
    que como un pecho infinito
    procuraba el cálido reparo
    de mi aliento.

    Se asomaba
    con su mirar de cera
    la luna...
    a poner el acento de tu semen
    sobre la piel
    de mi recuerdo.

    Se diluían
    ateridas
    las estrellas
    dejando apenas
    el resabio de su brillo
    sobre la tenue memoria
    de tu sudor...
    en mi mejilla.

    Los pájaros lloraban en silencio
    en la enramada somnolienta.
    Allá abajo en el campo
    gemían extrañamente
    las mansas alimañas
    en sus madrigueras.

    En la noche serena
    se adormecía un momento

    - eternamente...
    sin tú ni yo
    saberlo... -

    la llaga de tu abandono
    con el aceite
    compasivo
    de mi pena;

    como ahora aquí
    se aviva
    la vela
    siempre en mí encendida
    de tu sufrimiento...

    con el soplo presente

    enternecido

    de mi lástima.

  • ULTIMA MIRADA

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    ¡Cómo duelen tus ojos
    aún clavados en mí!

    ¿Ojos deshechos tuyos
    en estrellas
    por el velo casi
    imperceptible
    de las lágrimas...?

    ¿O acaso las mías
    - represadas... -
    empañando aquel brillo
    indeciso de palabras
    que se ahogaban en tus ojos?

    ¡Si supiera por lo menos
    lo que no... querías decirme!

    ¿Algo como de ternura,
    de compasión incluso...?

    ¿O tan sólo
    más deseo?

    ¿Un algo de todo eso
    al mismo tiempo?

    ¿O más que de todo aquello
    un poco tal vez
    siquiera
    de tu innombrable
    Amor?

    ¡Ojos que podré ya sólo
    intentar cubrir de tierra
    hasta cegar por completo...

    igual que se ciega un pozo
    que exhala desde su fondo
    tanto dolor... y más

    y más

    dolor!

  • Carta de despedida

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    Abrirás tu ventana...
    y entrará la Palabra.

    Que acaricie con su mano húmeda
    el ardor de la frente
    abrumada por el peso insoportable de los días,
    que deslice su aceite delicado y refrescante
    sobre el pecho
    hundido tantas veces
    en la ciénaga gris
    de la desesperanza.

    Te lo diré con la rama fragante
    de la Palabra,
    irisada de sutiles poderes luminosos
    que llaman Poesía.
    Si hay algo bueno en ti,
    como sé que lo hay,
    no quedará inmune a la vaga influencia
    de su aroma...
    y te hará bien
    - porque tu bien me importa,
    ese bien tuyo propio
    que es lo que más nos debe
    importar a cada uno
    como tú me enseñaste -

    Qué te diré
    más allá de lo que mis labios anhelantes
    de claridad derramaron
    por el río y la noche
    del papel...

    amándote

    - ¿o no fue
    quizás
    amarte? -

    ¿Pues te he amado acaso?
    ¿Aún te amo?
    ¿Qué significa todo eso
    para quien, como ya dije,
    no es más que el rastro seco
    del transcurrir de una corriente?

    ¿Qué soy,
    ahora, aquí,
    en esta atormentada asfixia
    que levanta tu piel por mi recuerdo?

    Un ser humano, ¿entiendes?
    Poseído de una Verdad y un Espejismo.

    Verdad de quererte por ser tú
    y ningún otro,
    adoración del cuerpo único,
    del alma vislumbrada,
    soñada,
    recreada,
    pero una sola y única estructura
    prodigiosa,
    de vértigo...
    en el océano infinito
    de los cuerpos humanos
    amasados con sus almas.

    Espejismo
    de procurarte
    como sal de mi pan
    indispensable,
    desembocadura ineludible de mi sed
    de estar contigo,
    necesidad absoluta de mi hambre de Belleza
    que nadie puede saciar como tú colmas.

    Sí, es verdad que eres único, mi amor.
    Con tus dudas y fracasos,
    en tu dolor irrepetible por lo perdido... y rechazado,
    por tu indecisión y tus caprichos,
    en tu reserva que encierra, tras espinos de silencio,
    el esplendor silvestre de tu deseo impetuoso
    con la miseria seca de todos tus errores.

    Mas por esta unicidad compleja y misteriosa
    de toda tu imperfección y vastedad
    te amo.
    ¡Aún más
    que por la necesidad
    de mi quererte!

    Diré más.
    A pesar de saber
    que no soy nada de esto
    para ti
    - que tú para mí eres... -
    yo te amo.
    Para nada pretender de ti
    sino sólo abrazarte
    en el aire que me escuece
    en llamas
    de tu ausencia.
    Nada tuyo reflejado en los espejos de mis manos,
    ni tu vello enredado ya más en la amargura
    quemante de mi lengua.

    Sé que hay
    una lámina
    de final
    entre nosotros.
    Una fortaleza asaltada
    por semanas y años.
    Una cordillera de opuestas
    voluntades imposibles.

    Por eso...
    nada temas de mí.

    Lo dije, amigo mío:
    nos vamos.
    Desde el primer beso de lujuria
    al último del Amor desesperado
    mío
    más profundo...
    separaban cada vez más nuestros labios
    las aguas inexorables
    de la vida.

    Así que me quedan apenas
    estas
    pocas palabras
    para decirte una vez más
    que nada temas.

    Si te he amado...
    si aún te amo...
    ¿qué nos importa eso ya
    ni a ti...
    ni casi
    a mí?

    Pues sólo le importa
    al Mundo:

    que algún día
    te Amaré...

    cuando ya nada quede

    de ti

    en Mí...

    ni de nosotros.

  • Carta para el reencuentro

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    En el Nombre de Allah
    el Misericordioso…

    deja entrar también tú
    la Palabra.

    No mis torpes palabras,
    estas que, como pido,
    vuelan ya
    por el territorio
    inexplorado
    de tu vivir.

    Sino que digo bien:
    la Palabra,
    único diamante
    refulgente y poderoso
    en que se adensa
    hasta estallar…
    el mundo,

    aquella luz
    purísima que dicen...
    nos guía
    a través del puente
    - ¿tenebroso? –
    que une Tierra y Cielo.

    En nombre suyo,
    de esta Palabra
    de los Nombres infinitos…
    te suplico
    perdón,
    ayuda
    y comprensión.

    Perdón
    por la torpeza nuestra,
    tuya y mía,
    de dejarnos vencer
    en las emboscadas de la vida
    y su afán de paredes,
    murallas,
    precipicios
    entre corazón y corazón,
    esta vida de abismos
    inhumana
    que cava fosos
    entre el Hombre y su Reflejo,
    entre el Amor y sus llamas.

    Ayuda
    porque aquí,
    si tú lo ignoras,
    hay un horno de soledad
    y sufrimiento,
    un océano de hambrienta Poesía
    que te añora y te recuerda,
    que clama por tu adhesión
    y tu respuesta,
    que necesita…
    el eco dulce del ardor de tu mirada
    y el benéfico aliento
    de tu risa.

    Comprensión
    porque corren los meses,
    huyen las horas,
    se precipitan los minutos:
    se nos acaba el cuerpo
    y se marchita su prodigio
    de perfumes y sombras
    que iluminan…
    o extravían
    las almas.

    Y tú,
    y yo,
    y todos…
    andamos
    separados,
    ignorados,
    como muertos.
    Y un día,
    tarde de sol o lluvia…
    pueden correr de pronto
    nuestras lágrimas,
    fluir del pozo seco
    de nuestra insensatez…
    y florecer
    en un árbol magnífico
    de resplandores múltiples
    al que llaman
    Ternura,
    Recuerdo
    y Simpatía.

    Así que en el nombre
    de Todo Esto
    te suplico…
    antes que sea más tarde…
    que se abra de nuevo
    la Rosa
    de la Unidad
    y el Encuentro
    entre nosotros

    y que siga para siempre viva
    a partir de este frágil
    y angustiado

    Beso

    que desde el tiempo a la Eternidad

    te envío.

  • Corre alta la noche

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    Corre alta la noche;
    se enreda el viento limpio
    en la vertical de tu belleza;
    atraviesan las estrellas
    con sus agujas frías
    la canela caliente,
    extendida
    y oscura
    de tu cuerpo.

    Rincón, cueva
    de dulzuras,
    pozo
    de mi paraíso
    en medio de la selva
    desgreñada y rumorosa de los árboles
    que contemplan tu sueño…
    tú estás allí,
    piedra luminosa,
    fuente que va fluyendo y se deshace
    en sudorosas ansias,
    arroyo de delicias exhalando perfumes
    de sustancia
    y concreción humanas:
    consistencia enervante de los músculos,
    impenetrabilidad humilde de las uñas,
    vapor,
    vapor de besos, abrazos y deseo
    que ascienden desde el tiempo
    y se abren presentes en un vaho fragante,
    cálido,
    turgente,
    hálito envolvente en que quisiera
    fundirme, hundirme,
    disolverme
    para siempre.

    ¡Cómo refulge apagadamente en mí
    tu cuerpo horizontal
    dormido y anhelante…
    en medio de la noche!
    Faro de mis sueños
    y Polar insomne del impulso
    torrencial
    de mi Quererte.

    Cuerpo dormido tuyo,
    alma que vela mía.

    Dios entonces que rompe las orillas
    entre carne y suspiro…
    y sus aguas que irrumpen
    apagando tus ojos con mi boca,
    mi pecho entre tus brazos.

    Queda sólo la Noche.
    Y una Luz… infinita…
    que alumbra
    estremecida…
    nuestra triunfante
    y esplendente
    Nada.

  • Presencia tuya

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    Presencia tuya
    perseguida
    en la suave curva apasionada
    de la música,
    en la tenue penumbra
    del atardecer…
    hundiéndose en la nada para siempre
    como señal y símbolo
    de la inútil
    búsqueda.

    Todo se pierde,
    irremediable pérdida
    que se abate implacable
    sobre los labios deseantes,
    sobre el corazón hambriento
    de luz de carne
    y resplandor de sueños:
    denso veneno lento
    que expone las entrañas
    al beso mortal
    de las estrellas.

    Y de nada sirve entonces
    revivir…
    la cúspide de gloria
    de tu piel
    bajo el cuchillo atormentado
    de mi aliento,
    el sollozo agonizante
    de mi lengua
    en la hondura
    vertiginosa
    de tu sexo.

    Nada puede volver
    de aquella dulce locura malograda,
    espejismo instantáneo
    levemente entrevisto,
    ansiado con ahínco
    pero tocado apenas…
    como la túnica sutil
    de un Dios
    de niebla y agua.

    Por eso dejo
    flotar tu imagen,
    tu presencia rota
    y apagada…
    en este aire que respiro,
    me ahoga y envejece…
    y aprieto sus añicos hirientes
    contra la cicatriz,
    abierta otra vez,
    de mi costado:

    débil pero inquebrantable
    ascua moribunda a la deriva
    en el torrente eterno
    del Amor…

    que pasa.

  • ¿Estás?

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    ¿Estás?
    ¿Te has ido?
    ¿Qué canta sobre ti el aire de este ahora
    de nuevo atardecer
    impregnado
    otra vez
    de tu recuerdo?
    Sentir unánime que funde sus raíces
    hasta no ser tú en mi
    ni el yo que te contempla…
    ni el tú que te me escapas.

    Luz única que ni huye
    ni regresa.
    Permanencia.
    Dulce melancólica presencia
    con música de pérdida
    y perfume de última
    mirada
    sollozante
    de eterna despedida.

    Rosa de primavera,
    quieta y sabia,
    estática y serena.
    Que nada dice sino sólo su aroma
    fugaz y persistente
    en el jardín cambiante de las horas.

    ¿Tú?
    ¿Yo?
    ¿Qué somos, di,
    lo sabes?

    ¡Sólo puedo
    decir esto:

    Que Hay algo aquí
    que Piensa…
    y Ama!

    Pero no sé ya ni de su nombre
    ni su rostro.

    (Nada sé

    de mi nombre…

    ni tu rostro)

  • Cuando mis ojos ya no sean ojos

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    Cuando mis ojos ya no sean ojos,
    sino apenas una tenue claridad expectante
    sobre un pecho desnudo, amanecido
    entre cristales que hieren
    a despedida
    o abandono...

    Cuando mis oídos ya no oigan,
    sino que un atormentado anhelo aspire
    un huracán de estrellas y de ángeles
    y humildemente germine prodigiosa
    la cósmica
    infinitud
    de una lagrima...

    Cuando mis manos ya
    no sean manos,
    sino hambre ciega y amargura
    que atenazan las entrañas…
    y las impulsan luego
    en vuelo irrefrenable
    - ascender de los sueños,
    vértigo del deseo… -
    lejos de su asfixiante
    densidad interna...

    Cuando mi boca ya
    no sea boca,
    sino sal del verano besada en una frente,
    roce vehementemente dulce de la arena
    hundida en un abrazo,
    ternura incontenible de los dedos
    leves
    sobre el escalofrío de una mejilla...

    Y mi respirar tan sólo sea
    brisa,
    brisa y aliento,
    del perro,
    entre el almendro,
    del amante,
    en la hierba...

    ni yo seré ya yo,
    ni tú, mi amor, seremos.

    Pero será aún el Mundo...

    porque seremos...

    Vida.

  • Y no te Tengo...

    Fotos de José Antonio 012

    Y no te Tengo…
    porque ¿qué es Tener?
    Todo fluye por el cauce
    imparable
    de la sangre:
    rama del Amor nuevo,
    limo del Dolor viejo…

    Y creemos
    que algo acecha en la orilla,
    que suspira,
    que contempla.
    Vertical como un árbol
    opuesto a la corriente,
    enhiesto como roca…
    y que el agua desgasta
    dejando por su rostro
    las sordas cicatrices
    de los líquenes.

    Pero no.
    Horizontal
    es nuestro impulso.
    Se nos diluyen
    permanentemente
    los ojos y los huesos
    al afán de la corriente.
    Nos vamos deshaciendo,
    deshojando,
    derritiendo.
    Dejando atrás el espejismo
    de que fuimos torre,
    de que fuimos tallo.

    Nos vamos.
    Nos vamos, amor mío.
    ¿Cómo retener entonces
    el toque fugaz de tu transcurso…
    hecho espuma de beso
    un instante…
    sobre el estremecimiento
    de mi orilla?

    Imposible.
    Vete tú por tu senda
    de risa y desconsuelo,
    de ardor y de agonía.
    De mi Belleza tuya.
    ¡Que con tanto sufrimiento
    anhelo
    fundida con mi sangre!
    ¡Que fuera para siempre
    el mismo curso de la sangre mía… !

    Sólo el Mar, amor mío.

    Sólo él puede salvarnos.

    Hasta luego…

    Te espero.

  • Alfonsina y el Mar

    levante

    Sal que duele en los ojos,
    ímpetu de mi llanto
    que la mano de tu voz
    vuelca sobre la arena,
    oleaje angustiado
    que devuelve su cuerpo
    a la orilla deshecha
    en espuma quemante
    de mi rostro.

    Vuelve,
    sube del fondo marino,
    reúne su tormento
    de pez y caracola,
    algas y gaviotas,
    compone el barco desguazado
    de su sufrimiento…
    y lo iza por el aire,
    cruza nudos y millas,
    torbellino
    que llega con tu cantar
    al puerto
    de par en par desconsolado
    de mi pecho

    Allí la acuno y la recibo,
    víctima aún doliente
    de la aterradora tempestad
    de la vida.
    Beso su cabellera para siempre,
    para siempre en mi boca,
    su frágil cintura quebrada
    por la lanza
    del Amor insatisfecho,
    la Ternura inexpresada,
    el Infinito clamando
    represado
    en su diminuto corazón inmenso.

    Y me alimento de la carne
    por tu música…
    de la Amante sin cuerpo,
    la vencida Enamorada eterna
    en el fondo del olvido…

    pero con tu canción
    devuelta
    para siempre…
    al presente interminablemente
    vivo

    de mis lágrimas.

    (A mi hermano,
    que con su versión
    de “Alfonsina y el Mar”
    hizo posible
    el milagro…
    del Recuerdo)

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