
Abrirás tu ventana...
y entrará la Palabra.
Que acaricie con su mano húmeda
el ardor de la frente
abrumada por el peso insoportable de los días,
que deslice su aceite delicado y refrescante
sobre el pecho
hundido tantas veces
en la ciénaga gris
de la desesperanza.
Te lo diré con la rama fragante
de la Palabra,
irisada de sutiles poderes luminosos
que llaman Poesía.
Si hay algo bueno en ti,
como sé que lo hay,
no quedará inmune a la vaga influencia
de su aroma...
y te hará bien
- porque tu bien me importa,
ese bien tuyo propio
que es lo que más nos debe
importar a cada uno
como tú me enseñaste -
Qué te diré
más allá de lo que mis labios anhelantes
de claridad derramaron
por el río y la noche
del papel...
amándote
- ¿o no fue
quizás
amarte? -
¿Pues te he amado acaso?
¿Aún te amo?
¿Qué significa todo eso
para quien, como ya dije,
no es más que el rastro seco
del transcurrir de una corriente?
¿Qué soy,
ahora, aquí,
en esta atormentada asfixia
que levanta tu piel por mi recuerdo?
Un ser humano, ¿entiendes?
Poseído de una Verdad y un Espejismo.
Verdad de quererte por ser tú
y ningún otro,
adoración del cuerpo único,
del alma vislumbrada,
soñada,
recreada,
pero una sola y única estructura
prodigiosa,
de vértigo...
en el océano infinito
de los cuerpos humanos
amasados con sus almas.
Espejismo
de procurarte
como sal de mi pan
indispensable,
desembocadura ineludible de mi sed
de estar contigo,
necesidad absoluta de mi hambre de Belleza
que nadie puede saciar como tú colmas.
Sí, es verdad que eres único, mi amor.
Con tus dudas y fracasos,
en tu dolor irrepetible por lo perdido... y rechazado,
por tu indecisión y tus caprichos,
en tu reserva que encierra, tras espinos de silencio,
el esplendor silvestre de tu deseo impetuoso
con la miseria seca de todos tus errores.
Mas por esta unicidad compleja y misteriosa
de toda tu imperfección y vastedad
te amo.
¡Aún más
que por la necesidad
de mi quererte!
Diré más.
A pesar de saber
que no soy nada de esto
para ti
- que tú para mí eres... -
yo te amo.
Para nada pretender de ti
sino sólo abrazarte
en el aire que me escuece
en llamas
de tu ausencia.
Nada tuyo reflejado en los espejos de mis manos,
ni tu vello enredado ya más en la amargura
quemante de mi lengua.
Sé que hay
una lámina
de final
entre nosotros.
Una fortaleza asaltada
por semanas y años.
Una cordillera de opuestas
voluntades imposibles.
Por eso...
nada temas de mí.
Lo dije, amigo mío:
nos vamos.
Desde el primer beso de lujuria
al último del Amor desesperado
mío
más profundo...
separaban cada vez más nuestros labios
las aguas inexorables
de la vida.
Así que me quedan apenas
estas
pocas palabras
para decirte una vez más
que nada temas.
Si te he amado...
si aún te amo...
¿qué nos importa eso ya
ni a ti...
ni casi
a mí?
Pues sólo le importa
al Mundo:
que algún día
te Amaré...
cuando ya nada quede
de ti
en Mí...
ni de nosotros.
Pero la Palabra es también, querido amigo, la cárcel que hemos creado y en la que nos revolvemos ciegos e inútilmente. Sé sin embargo que, esa misma cárcel, es nuestra única oportunidad de salvarnos; por eso, te agradezco tanta belleza.
Por cierto, en el verso 23 (si no me equivoco contando) falta un "que" de relativo: "que es lo "que" más nos debe"
A ver si nos vemos, "que estás más perdío qu'el barco l'arró".